martes, 19 de enero de 2016

Conejita dormilona

He decidido empezar a subir el fan fic de Conejita aquí también :)  Os dejo el primer capítulo.

- Guuuuuaaaauuu… -suspiré mientras veía alejarse al chico de mis sueños.
Tenía el estómago un poco revuelto y las mejillas encendidas. Diría que incluso había empezado a sudar de los nervios.
-¿No crees que es guapísimo? –más que una pregunta, era una afirmación.
-Oh, sí, estoy que me derrito por él –resopló Marshall.
Marshall es mi mejor amigo. Hemos ido juntos de aquí para allá desde que alcanza mi memoria. Creo que no hay nadie que me conozca tan bien como él. Ah, y le encanta tocarme las narices, en especial cuando hablamos de los chicos que me gustan –el muy imbécil hace las veces de amigo y hermano.
Le fulminé con la mirada cuando su respuesta me sacó de mi ensoñación.
-No hacía falta ser sarcástico, ¿sabes? –protesté.
Por toda respuesta, Marshall sonrió con ese gesto engreído que tanto me fastidia y me revolvió el cabello.
-¡Joder, Marshall! –le grité, arreándole un buen derechazo en el brazo- ¡Hoy he madrugado para poder arreglarme el pelo decentemente! ¡Cómo se me haya electrocutado u ondulado otra vez, te mato!
En fin, el caso es que después de la pequeña batalla campal que habíamos montado en mitad de la calle, nos dimos cuenta de que llegábamos tarde a clase y salimos corriendo hacia el instituto.
Como la mayoría de la gente que vive en el pueblo, Marshall y yo estudiábamos en el Instituto Aaa. Nadie sabía con certeza por qué se llamaba así. ¿Eran siglas? ¿Un nombre místico muy antiguo? ¿O alguna clase de chiste privado entre el director y el alcalde? Sea como fuere, el hecho de haberme quedado embobada viendo a Gabriel Baker –el chico más guapo, amable, tranquilo y genial del mundo- y repitiendo en mi cabeza una y mil veces la escena de nuestro breve encuentro, era el principal motivo por el que ahora íbamos con el reloj en el culo. Y Marshall me lo recordaba a cada paso que dábamos…
-¡Si es que no sé qué narices le ves a ese Gumball! –se quejaba mientras cruzábamos a toda prisa la entrada del instituto. El conserje había estado a punto de dejarnos fuera.
Miré a Marshall con muy mala cara. “Gumball” era el apodo que le había puesto a Gabriel. El muy imbécil sabía de sobras que me sacaba de mis casillas que hiciera chistes a costa del chico que me gustaba.
-¡Sabes que no me gusta que le llames así!
-Y tú sabes tan bien como yo que mascar tanto chicle no puede ser bueno –canturreó Marshall.
Decidí dejar estar el tema por aburrimiento –sabía que Marshall podía seguir así horas. Bueno, por eso y porque la campana acababa de tocar y nosotros todavía estábamos perdiendo el tiempo por los pasillos.

-Perdona, se te ha caído esto.
Gabriel Baker me tendió amablemente mi monedero. Por alguna estúpida razón, todavía llevaba el que mi abuela me había regalado hacía algunos años: era de un rosa muy chillón, con conejitos blancos. Deseé que la tierra me tragara.
-Gracias –tartamudeé como una idiota, tan bajo que no estaba segura de si me habría escuchado.
-No hay de qué –él sonrió-. Ten cuidado la próxima vez.
Y se marchó con total tranquilidad, como si no hubiera nada en el mundo que pudiera turbar la paz interior de aquel chico.
Pero entonces, de repente, Gabriel se detuvo y me miró fijamente. Volvió a acercarse a mí y me tomó en brazos, como un elegante y maravilloso príncipe sosteniendo a una bella princesa. Sólo que… bueno, sustituyendo a la bella princesa por mí misma.
Me pareció que me susurraba algo y mi corazón se aceleró al comprender que acababa de declararme los sentimientos que tanto anhelaba yo confesarle.
Y entonces, como si todo fuera un bello cuento, Gabriel comenzó a inclinarse suavemente sobre mí, entrecerrando los ojos.
Estaba a punto de morirme allí mismo de felicidad cuando el chico de mis sueños abrió mucho los ojos y me gritó a escasos centímetros de mi cara.

-¡¿Mertens?! ¡¿Ha muerto usted, o tiene las orejas sucias?! – la voz de la señora Reed, mi profesora de literatura, me trajo de golpe al mundo real.
Di un bote y un grito sobre mi silla y la miré muerta de miedo.
-Si tan aburridas le parecen mis clases –me recriminó antes de que fuera capaz de articular palabra-, ¿qué le parece hacer un trabajo extra? Sí, quiero un ensayo de cinco páginas –y sonrió deleitándose al añadir-, bueno, si quiere pueden ser más, sobre… –se quedó pensativa unos segundos-, escoja usted misma el libro. Pero que sea un libro de verdad, no me vale uno de esos comics que usted lee. Para la semana que viene.
Sentí cómo el mundo entero se me venía encima.

Marshall llevaba un buen rato riéndose. Se agarraba el estómago con fuerza mientras se revolcaba por el suelo casi al borde del llanto.
-¡¿Cómo puedes ser tan lerda para que te pillen en clase cuando duermes?!
-¡Como si hubiera sido mi culpa! –repliqué al borde de la desesperación-. ¿Cómo me voy a leer un libro en una semana? ¿Y qué libro me voy a leer? Y… ¡Y yo no leo comics!
Marshall me miró, un poco más calmado.
-Sí que lees comics –repuso.
Arrugué la nariz.
Ni que fuera un crimen leer un comic de vez en cuando. ¡Esa señora Reed era una amargada que quería llevarme a su reino de la amargura y convertirme en su amargada discípula! Pero no entraba en mis planes de futuro ser la futura Reina Amargura.
Suspiré derrotada.
-Será cuestión de encontrar un libro muy corto –murmuré mientras me levantaba de la mesa.
Marshall me miró sorprendido. Me sentí un poco ofendida por ser tan sincero con sus expresiones.
-Voy a la biblioteca –le espeté antes de que pudiera articular palabra-. Y no, no hace falta que vengas. Voy a ahorrarte el mal trago de tener que acompañarme a Aburrimientolandia.
Mi amigo sonrió de lado, enarcando una ceja. Meneó una mano y rio.
-No entraba en mis planes acompañarte –sonreí de lado, agradeciendo sarcásticamente tener un amigo tan majo-. Tengo un nuevo juego que quiero probar antes de que suene la campana –añadió, meneando delante de mi cara su PSP con la pantalla iluminada por el título del juego que llevábamos meses esperando conseguir.
Abrí mis ojos desmesuradamente y casi salto la mesa para agarrarle de la camisa.
-Maldito cabrón, ¿por qué no me dijiste que ya lo tenías?
Marshall tardó unos segundos en reaccionar. Estaba a punto de preguntarle si tenía monos en la cara cuando volvió a sonreír y puso su mano en mi mejilla.
-Vaya, qué directa eres, Fi –dijo, fingiendo ese acento de actor porno sensual que ponía a veces, cuando me tomaba el pelo.
Mi cara se volvió roja como un tomate –porque soy imbécil y me sonrojo con facilidad, siempre me ha pasado- y me aparté rápidamente.
-Que te den, Marsh –bufé-, me voy a la biblioteca.

La biblioteca, ese lugar lleno de estanterías, a su vez llenas de libros, que siempre permanece en un silencio sepulcral, tan sólo interrumpido por el sonido de las páginas de los libros al pasarse o de una silla colocada estridentemente por algún alumno descuidado.
Crucé la puerta resignada, arrastrando los pies, y me dirigí a la zona de novelas, en busca del libro más delgado y con la letra más grande de toda la sala. Al dar con Alicia en el país de las maravillas me emocioné un poco: recordaba haber visto la película de dibujos cuando era pequeña.
Seguramente el libro es muy ligero, me dije con una gran sonrisa en los labios mientras sacaba dicho volumen de su estante. Lo ojeé un poco por encima y enseguida se me cayó el alma al suelo. Por el amor de Dios, qué cosa más aburrida, con todo ese prólogo y esas notas a pie de página que a veces ocupan casi toda la página… Cerré rápidamente el libro y lo devolví a su lugar. Seguí buscando por los estantes alguna cosa apta para mi minúsculo cerebro.
Y entonces, como si el mismísimo Cielo hubiera decidido echarme una mano a lo grande jugando con eso que los seres humanos llamamos “casualidades de la vida”, ocurrió.
Mi mirada captó un rostro pensativo al otro lado de la estantería que en ese preciso instante estaba investigando. Conocía su rostro como un acosador conoce los rasgos de la persona objeto de su profunda obsesión. Quizás esa no haya sido la mejor comparación…
El caso es que supe enseguida de quién se trataba. Gabriel Baker, mi querido Gabriel Baker.
Sí, ahí estaba la situación perfecta. Tan sólo tenía que empujar u poquito uno de los libros para que se moviera uno del lado contrario y así llamar su atención. Entonces él evitaría que el libro cayera al suelo y nuestras miradas se cruzarían. Y el tiempo se detendría. Y la estantería desaparecería por algún misterioso, aunque no por ello demasiado importante, motivo. Y nuestros cuerpos estarían muy juntos. Y nuestros labios se fundirían en un eterno beso de amor. Y todo sería maravilloso…
El caso es que mientras mi imaginación volaba muy, muy lejos de allí, mi cuerpo se movió solo y empujó el libro que tenía delante. Por consiguiente, varios de los libros del otro lado de la estantería cayeron al suelo. No sé cómo ni por qué, pero cayeron varios. Gabriel dio un paso atrás, sorprendido, y miró en mi dirección justo cuando yo volvía a la tierra, sobresaltada por el ruido que habían provocado los libros al caerse.
Mis piernas temblaron y sentí mi cara arder y las manos muy frías y pegajosas. Alguna cosa se había quedado atrancada en mi garganta, porque no pude más que balbucir algo parecido a “perdón” para, a continuación –y no estoy orgullosa de ello-, salir corriendo como una triste cobarde, dejando a Gabriel allí plantado, confuso, convirtiéndose en el culpable de todo el escándalo que había provocado mi estúpido error.
¿Moraleja? Oveja que bala, bocado que pierde. O algo por el estilo. Intenté no pensar demasiado en ello –aunque me fue imposible- durante el resto de las clases. Ya temía la risotada que soltaría Marshall cuando se lo contara o, peor aún, la cara que pondría si me topaba con Gabriel de nuevo.

-Oveja que bala, bocado que pierde  -canturreó Marshall entre risas.
Maldita sea, si es que parece que tengamos las mentes conectadas.
-No tiene gracia, Marshall.
-Oh, sí que la tiene. Y mucha.
Estuve tentada de arrearle un puñetazo, aunque eso no habría servido de nada. Hundí la cara en la almohada de la cama de Marshall. Habíamos ido a su casa a hacer los deberes juntos y a ver si encontrábamos algún libro para mí –porque, con la tontería de mi cagada monumental ante Gabriel, al final no había sacado ninguna novela de la biblioteca-, aunque la cosa había derivado al poco rato en un interrogatorio porque, según Marshall, yo llevaba desde que había vuelto de la biblioteca, poniendo caras raras, resoplando y suspirando todo el rato. ¡JA! Como si eso fuera verdad…
Bueno, puede que un poquito sí…
Sentí que algo me rodeaba los hombros y me meneaba como si fuera un muñeco de trapo.
-¡Oy, oy, oy, que la Conejita la ha liado parda con Gumball y ahora no puede salir a la calle! –exclamó mi amigo, obligándome a levantarme de mi silla para dar vueltas por la habitación.
“Conejita”. Así es como me llamaba Marshall a veces, cuando quería hacerme enfadar para que me olvidara de lo que fuera que me estuviera preocupando. Era un apodo estúpido que me había impuesto el año en que mis padres me disfrazaron de conejo por Halloween. Debíamos de tener 5 ó 6 años por aquel entonces.
Intenté agarrarme a sus brazos y le clavé lo poco que tenía de uñas, rogándole entre gritos asfixiados por la almohada que me soltara de una maldita vez.
Marshall finalmente me hizo caso y yo pude volver a llenar con normalidad mis pulmones de aire. Volvía  sentarme porque todo me daba vueltas.
-Te he dicho mil veces que no me llames así –me quejé mientras intentaba volver a situar el punto de gravedad de mi cuerpo.
Marshall me dio unas palmaditas en la cabeza. Supongo que para ayudarme a no salir del estado de mareo.
-No te lo tomes tan a pecho, Conejita –rio-. Ya sabes que cuando te dé calabazas yo estaré aquí para consolarte.
Le miré sonriendo de lado. En el fondo, aunque hiciera el imbécil, me hacía sentir bien. Muy a su manera, sabía cómo mejorar mi humor, aunque fuera un poquito.
Me crucé de brazos y clavé mi mirada en él.
-Ya veo cuánta fe tienes en mí. Menudo mejor amigo me ha tocado.
Él desvió la mirada y se estiró.
-Te fastidias, no te librarás de mí jamás, Conejita.
Esta vez sí que le asesté un puñetazo. Fue una venganza por lo de “Conejita” y por sus comentarios sarcásticos en general.

Ya sabéis, en la página Conejita tenéis info variada sobre el fic ^^

-Zöe Öz