Menos lobos, Caperucita
Prólogo
Puck se
aburría como nunca antes lo había hecho. En realidad, siempre se aburría, pero
cada día que pasaba lo hacía un poco más. De no haber tenido cosas que hacer
–cosas aburridas, por supuesto-, habría escrito un libro entero destilando el
aburrimiento. Podría haberlo alargado a una trilogía. O quizás una saga.
Mientras
intentaba comenzar mentalmente la primera parte de la Enciclopedia sobre el
Aburrimiento, iba de aquí para allá con la escoba. La gente normal, supuso
Puck, tiene despachos razonablemente grandes o pequeños, dependiendo de qué
clase de despacho sea. Pero el despacho de su maestro era otro cantar, jugaba
en una liga muy superior. Era más grande que la biblioteca de Alejandría –Puck
nunca había estado allí ni había visto cómo era de grande ese lugar, pero
sonaba a algo importante y lo suficientemente grande como para compararlo con
el laberinto de estanterías y armarios que había tras el escritorio en el que se
sentaba a trabajar su maestro. Aun así, le tocaba a él limpiar que para algo
era el aprendiz.
Oh, sí,
el aprendiz... Pero, ¿aprendiz de qué? Puck había vivido con su maestro durante
mucho, muchísimo tiempo. Ahora que se detenía a pensarlo, no recordaba cuándo
había comenzado su aprendizaje, si es que limpiar y ordenar la casa era parte
de ello. Oh, bueno, eso y las otras cosas aburridas. Si le llegan a decir en su
día a Puck que iba a ir a hacer de aprendiz para estar todo el santo día
limpiando y ordenando –bueno, había oído rumores acerca de otros “maestro” que
tenían igual a sus aprendices- y practicando su caligrafía, ortografía,
gramática, léxico, capacidad de leer en voz alta... en fin, quizás se habría
metido a mozo de almacén, o alguna de esas cosas en las que haces verdadero
ejercicio y cuando te vas a dormir no piensas “rayos, hoy sí que ha sido un día
duro, he limpiado de arriba abajo el baño”. De hecho, se dijo Puck, él jamás
trataría de aquella forma a su aprendiz, si es que algún día dejaba de serlo él
para recibir el gran privilegio de tener uno a su cargo.
Estaba
tan absorto en sus pensamientos y refunfuñando entre dientes que ni siquiera se
dio cuenta de que se adentraba cada vez más con la escoba y los otros cacharros
de limpieza en la infinita biblioteca.
-Ya
estoy harto –se quejó indignado, moviendo la escoba como si fuera una espada y
pudiera cortar su frustración-, quiero un poco más de emoción en mi vida. No
puede ser que esto sea mi vida para el resto… ¡de mi vida!
Puede
que eso fuera el empujón que le faltara. Decisión. Sí, exacto, no podía seguir
así eternamente, tenía que hacer algo. La cuestión era… ¿qué podía hacer?
Al
parecer un “algo” superior tenía otros planes para él. Llamémosle Dios,
Destino, Universo, Fuerza… la cuestión es que tenía un buen camino por delante.
Y acababa de adentrarse en él sin darse cuenta siquiera.
Escuchó
un fuerte estruendo a su lado. Y vio que una estantería caía hacia atrás por
culpa de sus maniobras poco acertadas de esgrima escobera, llevándose por delante
todo lo que encontrara. Y lo que encontró fueron más estanterías. Por suerte
Puck no estaba en su punto de mira, cuando aquella caída en cadena hubo
terminado, suspiró tranquilo. Dos segundos después se dio cuenta de lo que
había hecho y entró en pánico.
«He
pedido un poco de acción en mi vida, ¡pero ahora puede que el maestro me mate! En
fin, ¿no dijo alguien que “morir sería una gran aventura”? –se lamentó mientras
rodeaba el mueble con cuidado, intentando levantarlo sin pillarse los dedos-. Bah,
¿quién sería tan necio de pensar algo así?»
No
había remedio, el mueble pesaba como un muerto y no había forma de levantarlo…
¡Magia, claro! Con magia se pueden hacer muchas cosas, ¿verdad?
«Menos
mal que mi maestro es mago y me ha enseñado algún truco útil»
Puck rio
irónicamente.
«Oh,
espera. No lo ha hecho»
El
muchacho suspiró desanimado. ¿Qué clase de maestro no le enseña nada útil a su
pupilo? En fin, la estantería no se levantaría por si sola, así que lo mejor
que podía hacer era dejarse de lamentaciones e ir a buscar algo con lo que
hacer palanca y arreglar aquel desastre antes de que su maestro volviera y lo
convirtiera en punto de libro.
* * *
Capítulo 1
El
viento traía consigo el hedor del ejército enemigo, que poco a poco iba
apareciendo allá en el horizonte. Orcos, goblins, esqueletos vivientes y toda
clase de bestezuelas de la Oscuridad avanzaban con paso firme, todos mezclados,
trayendo con ellos el caos y la destrucción que tanto adoraban, amenazando la
seguridad de los reinos de la Luz.
Cassidy
observaba el panorama apoyada contra las puertas de la muralla exterior. Notaba
el nerviosismo que recorría el lugar, ese extraño silencio que se extiende en
mitad del momento previo a la batalla. A Cassidy le agradaba y le ponía
histérica a partes iguales aquella sensación; era señal de que todavía no había
empezado lo peor, aunque tampoco habría que esperar demasiado.
La semienana
repasó varias veces lo que llevaba consigo a aquella batalla y observó durante
un largo rato la preciosa hacha de guerra que hacía poco había conseguido, como
si fuera una madre mirando a su hijo recién nacido. Escuchó a varios guerreros
gritarse órdenes y mensajes entre ellos. Por lo menos, se dijo, esos inútiles
conseguían mantener la calma medianamente. Ya era algo, teniendo en cuenta que
Cassidy estaba segura que más de la mitad del trabajo lo haría ella sola.
Sonrió
irónicamente. Vamos, a estas alturas no podía quejarse, se había vuelto muy
fuerte. Si caía –que lo dudaba-, se llevaría a más de uno con ella.
-¿Cassidy?
–la voz de Lance resonó entre las demás.
La
aludida sonrió y observó al apuesto elfo.
-¿Lo
tienes todo claro? Llevas mucho rato callada.
Cassidy
rió.
-Sí,
sí. Soy vuestro tanque estrella. Voy a enviar a esos capullos Oscuros al Vacío
de un hachazo en la cabeza.
Escuchó
a otros guerreros reír. Aunque, por encima de todo, escuchó la risa de Lance. Y
es que la voz de ese condenado elfo era la más sensual que jamás hubiera
escuchado. Cuando todo aquello terminara, quizás…
Sus
pensamientos se vieron interrumpidos por una lluvia de flechas enemiga y un
grito de guerra por parte de su centurión. La acción comenzaba y a Cassidy,
durante unos instantes, le temblaron las manos. La voz de fondo de Lance
asegurándole que él le apoyaría desde la retaguardia la tranquilizó –Lance era
uno de los magos más poderosos que contaban en sus filas-, agarró con ambas
manos su hacha y comenzó a correr junto a sus compañeros de batalla, dispuesta
a enfrentar aquellos enormes orcos de las primeras filas enemigas.
Cassidy
era bastante impulsiva, así que inició la batalla con gran fiereza, como de
costumbre. Se sentía segura ya que veía de vez en cuando impactar contra alguno
de los mastodontes que tenía delante los hechizos que Lance y los otros magos
lanzaban desde la muralla.
Al cabo
de un buen rato de batalla, la semienana se topó con el enemigo natural de los
de su clase: un goblin. Esos tiparracos verdes asquerosos con cara de
murciélago habían mantenido durante siglos su propia guerra contra el Pueblo de
las Minas –pese a ser una semienana, Cassidy simpatizaba más con los enanos que
con los humanos. La guerrera sonrió ampliamente, se pasó la lengua por los
labios y cargó contra aquel detestable ser de la Oscuridad.
El
desgraciado era rápido, sabía esquivar sus golpes. Pero Cassidy también tenía
sus trucos; pegó un grito y un potente rayo cayó del cielo y la golpeó. Cassidy
se sentía más viva que nunca, sabía que tenía acorralado a aquel indeseable.
-¡A
cenaaaaar! –escuchó un grito amortiguado tras ella.
Cassidy
ignoró el grito y continuó con aquel pequeño combate privado, pero no tardó
demasiado en volverlo a escuchar.
El
corazón se le aceleró y falló un par de ataques, se estaba poniendo nerviosa y
eso no era buena señal.
Consiguió
al fin matar deshacerse del goblin y siguió adelante frenéticamente. Tenía que
acabar aquello ya. No tenía mucho tiempo. Maldita sea, ¡ella era Cassidy, una
semienana del clan Fairchild! ¡No podía estar en todas partes al mismo tiempo!
Y, desde luego, había esperado demasiado para aquella gran batalla, la
definitiva entre la Luz y la Oscuridad, y ni siquiera iba a poder disfrutarla
al máximo. La gran guerra estaba llegando a su fin y ella estaba
desconcentrada, con la cabeza lejos de la lucha…
Y lo
peor todavía no había llegado…
Oyó un
estruendo a sus espaldas.
-¡Sabrina,
haz el favor de bajar a cenar! –gritó Elena, la madre de la semienana, entrando
a trompicones en la cueva que era su habitación.
-¡Mamá,
estoy a media partida! –se quejó Cassidy, que comenzaba a perderse a sí misma en
mitad de la batalla.
-¡Pues
le das al pausa! –continuó gritando Elena.
Cassidy resopló nerviosa.
-¡Es On-Line, mamá, no puedo pausarla!
Pero razonar sobre aquel tema con Elena era imposible. No
era la primera vez que recitaban aquel guión.
-¡Cassidy, ¿qué haces?! –escuchó un grito horrorizado del
campo de batalla- ¡Sigue el plan! ¡El plan!
Pero su habitación comenzaba a convertirse también en un
campo de batalla. Sólo que en este caso Cassidy no estaba segura de poder salir
victoriosa.
-¡Me importa un comino! –replicó Elena- ¡Déjate de
jueguecitos y baja a cenar ya!
Los gritos de su madre se mezclaron con los de sus
compañeros de batalla. Cassidy, histérica, les gritó que se callaran y se quitó
los auriculares. Sabía que la batalla contra la Oscuridad ya la había perdido,
ahora faltaba la batalla contra… oh, no…
Elena estaba fuera de sí. Cassidy intentó explicarle que
estaba hablando con sus colegas aventureros, pero ya era demasiado tarde. Le
pegó una bofetada seguida de un discurso lleno de irritación y se llevó
arrastras de la chica de la habitación.
En la pantalla podía leerse en grande “HAS MUERTO”, y en el
pequeño chat que había en una esquina iban apareciendo gritos de ayuda y algún
que otro enfadado y casi ofensivo, dirigidos todos a Cassidy. También se
escuchaba un eco lejano salir de los auriculares que se habían quedado allí,
una caótica mezcla de música ambiental, efectos sonoros y gritos de chavales
irritados.
-Zöe Öz
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