Brioche

Brioche es una historia que ya tiene unos cuantos añitos. Comencé a tantearla con 13 - 14 años, y desde entonces no ha dejado de evolucionar y ampliarse.


Brioche

Prólogo

Conocer a Brioche ha sido una de las mejores experiencias que me ha deparado el destino en uno de mis tantos viajes a Nais en busca de buenas historias que contar. Jamás había sentido tanta emoción al mirar unos ojos tan profundos, inteligentes, soñadores y vehementes como los suyos; me dejó del todo asombrada. Por lo que, tras nuestro primer encuentro, comencé a cartearme con él muy a menudo para saber de sus aventuras por todo Naist, e incluso preparar nuevos encuentros para hablar cara a cara, algo que siempre me ha fascinado.
Pero hablar de mí en este cuento, que está dedicado especialmente a mi buen amigo Brioche, por el gran afecto que profeso que siento por él, sería algo absurdo. Así que prefiero dejar de escribir esta breve introducción para, sin más dilación, ofreceros las intrépidas aventuras que Brioche ha ido contándome a lo largo de todos estos años.

Si tengo que ser sincero del todo, nunca he creído que se me diera bien eso de contar mi propia historia, y mucho menos con tantos detalles como me has estado pidiendo. Curiosamente, creo que estoy siendo capaz de explicártelo todo bastante fiel a como sucedió, dejando un poco de lado la visión más subjetiva que pueda aportar... Bueno, ¡qué demonios! Intentar explicar tu propia historia nunca es algo que se haga precisamente de forma objetiva. Lo único que espero es lograr no repetir demasiadas veces lo mismo. Ya sabes: es fácil explicar lo que ha ocurrido una y otra vez, sin parar, repitiéndolo todo, y no darte cuenta de ello hasta que no es demasiado tarde y ya has cansado a tu oyente.
¡Pero voy a intentarlo con todas mis fuerzas! No sé si lo habré mencionado ya, pero mi inteligencia supera de largo a la media de la mayoría de los roedores que de seguro hayas tenido el gusto de conocer. Lo siento, no pretendía jactarme de ello, pero pocas ocasiones me dan la oportunidad de puntualizar con algo así, ya que es absurdo compararme con los roedores de este mundo, pues son muy distintos a los del otro. Ya me entiendes...
¡Vaya, me estoy hiendo por las ramas!
Vamos a ver...
Para empezar, creo que debe quedar bien claro que me llamo Brioche. Sí, lo sé: no es un nombre muy emocionante. Oh, y por si no había quedado claro, soy un ratón.
Si existe una raza de ratones cuyo pelaje sea gris claro, con una línea negra horizontal en las orejas y una inteligencia superior a la de la media -sí, lo sé, me estoy repitiendo, disculpa-, entonces es ahí donde se me clasificaría.
Bien, dejando aparte esa breve presentación de mí mismo, creo que ya va siendo hora de explicar cómo llegué aquí.

Historia

Nací en una pequeña familia de ratones que vivían en el altillo de una gran casa en el campo. No éramos una familia demasiado grande; sobrevivir en el campo es duro, sobretodo si tienes que lidiar con más de un individuo para salvar tu pellejo. Los humanos y sus mil y una trampas, el gato, la colonia de ratas del sótano... Sí, vivir en una casa grande de campo tiene tantas ventajas como desventajas. Aun así, nosotros éramos felices y salíamos de apuros sin demasiados problemas generalmente. A veces se quedaba un primo u hermanito por el camino, o quizás sólo una parte de ellos, como un brazo, por ejemplo, pero estas cosas pasan y los ratones no tenemos tiempo para llorar demasiado tiempo las muertes de todos nuestros familiares. ¡Nos pasaríamos el día enlutados y recogiendo flores para los funerales!
Tenía, de todos modos, muchos hermanos y hermanas: Nata, Kiwi, Caramelo, Canela, Sirope, Menta... Nuestra relación era bastante normal: unas veces nos peleábamos, otras estábamos muy unidos y jugábamos todos juntos...
Un día salí con papá y Canela a buscar provisiones para el invierno: generalmente, teníamos siempre comida, incluso en la estación fría, pero había días en los que hacía tanto frío que moverse demasiado de nuestro altillo no era más que una idea de locos. Sólo un insensato se aventura a morirse congelado saliendo fuera de las cálidas y seguras paredes en los días más duros del invierno, aunque fuera por los atajos interiores. Esos atajos en esa época eran más peligrosos que nunca, ya que las ratas subían más que en otros momentos a “probar suerte” -que en su tétrico idioma era algo similar a “a ver si algún ratón estúpido sale de su escondite y nos montamos una comilona”- e incluso podías encontrarte una pelea entre varias, porque las ratas son tan grandes que no creo que entre toda esa colonia tuvieran suficiente con un ratón... ¡Ay, mejor dejo estar el tema! Se me ponen los bigotes de punta tan sólo de volver a pensar en aquéllo.
El caso es que se acercaba la estación fría y queríamos tener provisiones para los peores días, así que fuimos los tres de incursión a la vivienda humana. Con suerte, todavía no se habrían llevado toda la comida al granero y podríamos conseguir algo sin tener que ir mucho más allá. El granero también era un lugar peligroso, no formaba parte de nuestro territorio; las ratas ya se habían encargado de dejárnoslo bien claro: el sótano y el granero les pertenecía, y ratón que se adentrara en alguno de aquellos lugares, ratón que no regresaba.
Bajamos por el atajo principal y torcimos en el tercero a la derecha, el que llevaba a la salida de la cocina que estaba bajo el fregadero. Canela fue recogiendo de mientras tela de araña que ya no pertenecía a nadie para mamá.
Afortunadamente, nuestros cálculos habían sido correctos y todavía no lo habían llevado todo al granero. Papá y yo sacamos nuestros sacos y metimos todo lo que pudimos en ellos; Canela fue recogiendo otras cosas que mamá le había encargado.
     -Tendremos que hacer una segunda incursión -calculó papá mientras regresábamos a la seguridad del atajo que conectaba el altillo con la vivienda.
Recé en silencio para que aquella frase se quedara en el aire. Pero no fue el caso: papá nos miró un momento y añadió:
     -Decidle a Kiwi que también vendrá.
Canela asintió alegremente, yo, como si acabaran de echarme un cubo de agua helada encima. No me gustaba nada salir del altillo, me aterraba tan sólo pensar en la idea de que quizás las ratas ya habían empezado a recorrer el atajo y que podíamos toparnos con una de ellas en cualquier momento. A veces todavía me viene ese escalofrío a recorrerme la espalda cuando lo recuerdo; no era algo agradable en lo que pensar.
Los ratones somos miedosos por naturaleza: hay algo en nuestro interior que nos avisa del peligro mediante esa incómoda sensación. Yo era el ejemplo perfecto de ratón miedoso. Mi padre y algunos de mis hermanos, como Canela y Kiwi, en cambio, parecían disfrutar con aquellas incursiones, era como si no temieran nada, como si en sus ojos se reflejara un camino hermoso y sin peligro alguno. Siempre admiré y envidié aquel valor que tanto me faltaba a mí.
Para colmo, Canela se dio cuenta de mi reacción ante la perspectiva de tener que volver a bajar.
     -¡Apuesto a que Brioche prefiere esconder su nariz en uno de esos aburridos libros que lee siempre antes que volver a bajar! -rió.
Canela no era maliciosa, más bien demasiado honesta; decía siempre lo que pensaba y no se daba cuenta de que seguramente no era buena idea abrir la boca hasta que no había metido la pata.
     -Calla, Canela -le espeté, entre avergonzado y nervioso.
Mi hermana me hizo una mueca y siguió caminando.
El silencio se extendió hasta que llegamos al altillo. Canela salió disparada en busca de mamá, papá se quedó quieto, muy callado.
     -¿Papá? -aventuré a articular. Sabía que estaba así de callado por el comentario de Canela y temía que pudiera comenzar a gritarme en cualquier momento.
Pero no dijo nada; se limitó a caminar hacia delante, en dirección a las provisiones. Le seguí con mi saco lleno de comida.
Las provisiones se guardaban en una caja de madera que se cerraba con una gran llave hecha del mismo metal que el cierre y las bisagras. La caja tenía algunas imágenes en relieve, pero apenas podía verse lo que era, ya que era muy vieja. Papá dejó su saco delante de la caja y se quedó mirando la cerradura, distraído.
Meneó la cabeza al cabo y se marchó.
Me quedé quieto, mirando la caja, sin saber muy bien qué hacer. Para cuando decidí marcharme, papá ya había vuelto con la llave de la caja y la estaba abriendo.
     -Ayúdame a guardar las provisiones en la caja -dijo.
Asentí en silencio mientras él se subía a un bote pequeño para que la caja le quedara a la altura de la barriga y así tener una mejor perspectiva de su interior. Me tendió una mano para que le pasara uno de los sacos. Haciendo un gran esfuerzo, conseguí levantar el primer saco -el que había llevado él- y pasárselo. Me dirigió una fugaz y malhumorada mirada al notar que el saco había estado apunto de resbalarme de las patas mientras se lo alcanzaba. Solté un suspiro casi sin darme cuenta y le pasé el segundo saco un poco a desgana. Después cerró la caja y bajó del bote, quedándose ante mí con una mirada que no necesitaba los coros de una voz para indicarme lo que ya sabía que papá quería decirme y que lo reafirmó hablando de todos modos.
     -Brioche -en su voz noté un deje de cansancio-, no es necesario que bajes. Tus hermanos y yo seremos suficientes.
Abrí la boca para responder algo, pero tan sólo me salió un débil y tímido, casi cobarde, “pero”, que se quedó flotando inconcluso en el aire.
Papá dio por finalizada la conversación marchándose, llamando a Canela y Kiwi y advirtiéndoles de que iban a bajar a la vivienda en breve.
Como no sabía muy bien qué hacer, me quedé allí plantado un buen rato, después, me marché arrastrando las patas resignado a la estantería de los libros, en busca de una lectura que me llevara lejos de aquel mal sabor de boca que se me había quedado por la silenciosa reprimenda de papá.


-Zöe Öz

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