Brioche
Prólogo
Conocer a Brioche ha sido
una de las mejores experiencias que me ha deparado el destino en uno
de mis tantos viajes a Nais en busca de buenas historias que contar.
Jamás había sentido tanta emoción al mirar unos ojos tan
profundos, inteligentes, soñadores y vehementes como los suyos; me
dejó del todo asombrada. Por lo que, tras nuestro primer encuentro,
comencé a cartearme con él muy a menudo para saber de sus aventuras
por todo Naist, e incluso preparar nuevos encuentros para hablar cara
a cara, algo que siempre me ha fascinado.
Pero hablar de mí en
este cuento, que está dedicado especialmente a mi buen amigo
Brioche, por el gran afecto que profeso que siento por él, sería
algo absurdo. Así que prefiero dejar de escribir esta breve
introducción para, sin más dilación, ofreceros las intrépidas
aventuras que Brioche ha ido contándome a lo largo de todos estos
años.
Si tengo que ser sincero
del todo, nunca he creído que se me diera bien eso de contar mi
propia historia, y mucho menos con tantos detalles como me has estado
pidiendo. Curiosamente, creo que estoy siendo capaz de explicártelo
todo bastante fiel a como sucedió, dejando un poco de lado la visión
más subjetiva que pueda aportar... Bueno, ¡qué demonios! Intentar
explicar tu propia historia nunca es algo que se haga precisamente de
forma objetiva. Lo único que espero es lograr no repetir demasiadas
veces lo mismo. Ya sabes: es fácil explicar lo que ha ocurrido una y
otra vez, sin parar, repitiéndolo todo, y no darte cuenta de ello
hasta que no es demasiado tarde y ya has cansado a tu oyente.
¡Pero voy a intentarlo
con todas mis fuerzas! No sé si lo habré mencionado ya, pero mi
inteligencia supera de largo a la media de la mayoría de los
roedores que de seguro hayas tenido el gusto de conocer. Lo siento,
no pretendía jactarme de ello, pero pocas ocasiones me dan la
oportunidad de puntualizar con algo así, ya que es absurdo
compararme con los roedores de este mundo, pues son muy distintos a
los del otro. Ya me entiendes...
¡Vaya, me estoy hiendo
por las ramas!
Vamos a ver...
Para empezar, creo que
debe quedar bien claro que me llamo Brioche. Sí, lo sé: no es un
nombre muy emocionante. Oh, y por si no había quedado claro, soy un
ratón.
Si existe una raza de
ratones cuyo pelaje sea gris claro, con una línea negra horizontal
en las orejas y una inteligencia superior a la de la media -sí, lo
sé, me estoy repitiendo, disculpa-, entonces es ahí donde se me
clasificaría.
Bien, dejando aparte esa
breve presentación de mí mismo, creo que ya va siendo hora de
explicar cómo llegué aquí.
Historia
Historia
Nací en una pequeña
familia de ratones que vivían en el altillo de una gran casa en el
campo. No éramos una familia demasiado grande; sobrevivir en el
campo es duro, sobretodo si tienes que lidiar con más de un
individuo para salvar tu pellejo. Los humanos y sus mil y una
trampas, el gato, la colonia de ratas del sótano... Sí, vivir en
una casa grande de campo tiene tantas ventajas como desventajas. Aun
así, nosotros éramos felices y salíamos de apuros sin demasiados
problemas generalmente. A veces se quedaba un primo u hermanito por
el camino, o quizás sólo una parte de ellos, como un brazo, por
ejemplo, pero estas cosas pasan y los ratones no tenemos tiempo para
llorar demasiado tiempo las muertes de todos nuestros familiares.
¡Nos pasaríamos el día enlutados y recogiendo flores para los
funerales!
Tenía, de todos modos,
muchos hermanos y hermanas: Nata, Kiwi, Caramelo, Canela, Sirope,
Menta... Nuestra relación era bastante normal: unas veces nos
peleábamos, otras estábamos muy unidos y jugábamos todos juntos...
Un día salí con papá y
Canela a buscar provisiones para el invierno: generalmente, teníamos
siempre comida, incluso en la estación fría, pero había días en
los que hacía tanto frío que moverse demasiado de nuestro altillo
no era más que una idea de locos. Sólo un insensato se aventura a
morirse congelado saliendo fuera de las cálidas y seguras paredes en
los días más duros del invierno, aunque fuera por los atajos
interiores. Esos atajos en esa época eran más peligrosos que nunca,
ya que las ratas subían más que en otros momentos a “probar
suerte” -que en su tétrico idioma era algo similar a “a ver si
algún ratón estúpido sale de su escondite y nos montamos una
comilona”- e incluso podías encontrarte una pelea entre varias,
porque las ratas son tan grandes que no creo que entre toda esa
colonia tuvieran suficiente con un ratón... ¡Ay, mejor dejo estar
el tema! Se me ponen los bigotes de punta tan sólo de volver a
pensar en aquéllo.
El caso es que se
acercaba la estación fría y queríamos tener provisiones para los
peores días, así que fuimos los tres de incursión a la vivienda
humana. Con suerte, todavía no se habrían llevado toda la comida al
granero y podríamos conseguir algo sin tener que ir mucho más allá.
El granero también era un lugar peligroso, no formaba parte de
nuestro territorio; las ratas ya se habían encargado de dejárnoslo
bien claro: el sótano y el granero les pertenecía, y ratón que se
adentrara en alguno de aquellos lugares, ratón que no regresaba.
Bajamos por el atajo
principal y torcimos en el tercero a la derecha, el que llevaba a la
salida de la cocina que estaba bajo el fregadero. Canela fue
recogiendo de mientras tela de araña que ya no pertenecía a nadie
para mamá.
Afortunadamente, nuestros
cálculos habían sido correctos y todavía no lo habían llevado
todo al granero. Papá y yo sacamos nuestros sacos y metimos todo lo
que pudimos en ellos; Canela fue recogiendo otras cosas que mamá le
había encargado.
-Tendremos que hacer una
segunda incursión -calculó papá mientras regresábamos a la
seguridad del atajo que conectaba el altillo con la vivienda.
Recé en silencio para
que aquella frase se quedara en el aire. Pero no fue el caso: papá
nos miró un momento y añadió:
-Decidle a Kiwi que
también vendrá.
Canela asintió
alegremente, yo, como si acabaran de echarme un cubo de agua helada
encima. No me gustaba nada salir del altillo, me aterraba tan sólo
pensar en la idea de que quizás las ratas ya habían empezado a
recorrer el atajo y que podíamos toparnos con una de ellas en
cualquier momento. A veces todavía me viene ese escalofrío a
recorrerme la espalda cuando lo recuerdo; no era algo agradable en lo
que pensar.
Los ratones somos
miedosos por naturaleza: hay algo en nuestro interior que nos avisa
del peligro mediante esa incómoda sensación. Yo era el ejemplo
perfecto de ratón miedoso. Mi padre y algunos de mis hermanos, como
Canela y Kiwi, en cambio, parecían disfrutar con aquellas
incursiones, era como si no temieran nada, como si en sus ojos se
reflejara un camino hermoso y sin peligro alguno. Siempre admiré y
envidié aquel valor que tanto me faltaba a mí.
Para colmo, Canela se dio
cuenta de mi reacción ante la perspectiva de tener que volver a
bajar.
-¡Apuesto a que Brioche
prefiere esconder su nariz en uno de esos aburridos libros que lee
siempre antes que volver a bajar! -rió.
Canela no era maliciosa,
más bien demasiado honesta; decía siempre lo que pensaba y no se
daba cuenta de que seguramente no era buena idea abrir la boca hasta
que no había metido la pata.
-Calla, Canela -le
espeté, entre avergonzado y nervioso.
Mi hermana me hizo una
mueca y siguió caminando.
El silencio se extendió
hasta que llegamos al altillo. Canela salió disparada en busca de
mamá, papá se quedó quieto, muy callado.
-¿Papá? -aventuré a
articular. Sabía que estaba así de callado por el comentario de
Canela y temía que pudiera comenzar a gritarme en cualquier momento.
Pero no dijo nada; se
limitó a caminar hacia delante, en dirección a las provisiones. Le
seguí con mi saco lleno de comida.
Las provisiones se
guardaban en una caja de madera que se cerraba con una gran llave
hecha del mismo metal que el cierre y las bisagras. La caja tenía
algunas imágenes en relieve, pero apenas podía verse lo que era, ya
que era muy vieja. Papá dejó su saco delante de la caja y se quedó
mirando la cerradura, distraído.
Meneó la cabeza al cabo
y se marchó.
Me quedé quieto, mirando
la caja, sin saber muy bien qué hacer. Para cuando decidí
marcharme, papá ya había vuelto con la llave de la caja y la estaba
abriendo.
-Ayúdame a guardar las
provisiones en la caja -dijo.
Asentí en silencio
mientras él se subía a un bote pequeño para que la caja le quedara
a la altura de la barriga y así tener una mejor perspectiva de su
interior. Me tendió una mano para que le pasara uno de los sacos.
Haciendo un gran esfuerzo, conseguí levantar el primer saco -el que
había llevado él- y pasárselo. Me dirigió una fugaz y malhumorada
mirada al notar que el saco había estado apunto de resbalarme de las
patas mientras se lo alcanzaba. Solté un suspiro casi sin darme
cuenta y le pasé el segundo saco un poco a desgana. Después cerró
la caja y bajó del bote, quedándose ante mí con una mirada que no
necesitaba los coros de una voz para indicarme lo que ya sabía que
papá quería decirme y que lo reafirmó hablando de todos modos.
-Brioche -en su voz noté
un deje de cansancio-, no es necesario que bajes. Tus hermanos y yo
seremos suficientes.
Abrí la boca para
responder algo, pero tan sólo me salió un débil y tímido, casi
cobarde, “pero”, que se quedó flotando inconcluso en el aire.
Papá dio por finalizada
la conversación marchándose, llamando a Canela y Kiwi y
advirtiéndoles de que iban a bajar a la vivienda en breve.
Como no sabía muy bien
qué hacer, me quedé allí plantado un buen rato, después, me
marché arrastrando las patas resignado a la estantería de los
libros, en busca de una lectura que me llevara lejos de aquel mal
sabor de boca que se me había quedado por la silenciosa reprimenda
de papá.
-Zöe Öz
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