Segundo capítulo de Conejita.
-¿Tengo… tengo algo en
la cara? –murmuré, haciendo a un lado mi timidez para que las palabras fluyeran
con cierta soltura entre los dos.
Gabriel me miró con
ternura.
-No, verás –se inclinó
un poco más hacia mí. Creí que el corazón me explotaría allí mismo-, es que
adoro el brillo de tus ojos.
Me derretí por dentro
y balbucí alguna tontería insignificante. No le presté demasiada atención ya
que el chico de mis sueños cada vez acercaba más sus labios a los míos. Oh,
Dios, no sé si moriré antes de mi anhelado primer beso…
Sin embargo, de
repente el ambiente cambió. No sabría decir en qué sentido, pero
definitivamente ya no sentía la calidez de hacía unos instantes. Gabriel se
había detenido y me miraba fijamente, muy serio, colocando sus manos sobre mis
hombros.
Caray, aquello había
pasado de una escena de amor a una escena de… ¿interrogatorio policial?
-Fionna, si no abres
los ojos ahora mismo, te pego un morreo en toa’ la boca –me advirtió… ¿Gabriel
con la voz de Marshall?
-Vale, tú te lo has buscado –Marshall se había colocado de
rodillas sobre mí, con las manos a lado y lado de mi rostro. Abrí los ojos
justo cuando tan sólo había unos pocos centímetros que separaba mi cara de la
suya. Lo miré asombrada, sin aliento.
Él me devolvió la mirada acompañada de una sonrisa
maliciosa. Antes de que pudiera hacer nada, su asquerosa lengua ya me había
babeado media cara.
Mi mente terminó entonces de regresar al mundo real,
otorgándome la habilidad de mover mi cuerpo a mi antojo. Y alcé una pierna
rápidamente.
Marshall gritó algo con voz ahogada y se tiró hacia un lado,
con las manos agarrándose la entrepierna.
-La madre que te parió –balbució temblando en el suelo.
Miré a nuestro alrededor, deseando desesperadamente que
nadie nos hubiera visto. Por “nadie” me refiero a Gabriel. Por suerte, no
parecía que hubiera moros en la costa. Suspiré y me levanté del suelo. Era el
descanso de la hora de comer
-Que te den, Marshall –le
espeté mientras me secaba la cara con la manga de mi jersey-. Eres un guarro,
¿lo sabías?
Cuando hubo superado aquella
tontería de la patada en la entrepierna, Marshall se levantó y me miró como un
gato receloso.
-¿Guarro, yo? –exclamó-
¿Sabías que la mitad de las babas que te estás limpiando son tuyas, Conejita
babosa?
Estuve tentada de pegarle
otra patada, pero me contuve.
Aquel día, había decidido al
fin confesarme, hablar con Gabriel sobre mis sentimientos y, con un poco de
suerte, conseguir mi primer novio. Marshall llevaba haciendo bromas al respecto
desde que le había hablado de mi decisión.
-¿Sabes? –le espeté antes de
entrar en clase- Deberías apoyarme, en lugar de reírte de mí.
Estaba cansada de que
anduviera bromeando a mi costa. ¿Acaso no era mi mejor amigo?
Él me miró y se encogió de
hombros.
-No me gusta ese Gumball
–arrugó la nariz y desvió la mirada-. Pero bueno, cuando te dé calabazas, ya te
haré de paño de lágrimas.
Y entró en clase tan
campante. No daba crédito a lo que veía: mi “mejor amigo” era un capullo
redomado. Pues qué bien.
Las clases de la tarde
pasaron lentas y aburridas, provocando movimientos extraños en mi estómago
debido a los nervios. Mi corazón latía con cierto miedo, casi con dificultad.
¿Iba a ser capaz de veras de confesar mis sentimientos a Gabriel?
Sí, claro que sí. Me lo
había jurado a mí misma. Tenía que ser ese mismo día, sino, aquella situación
jamás terminaría. Y yo ansiaba avanzar en mi relación con Gabriel. Para ser más
exactos, quería tener alguna clase de relación con Gabriel. Puede que fuera un
poco pretencioso intentar ser su novia. Pero quizás todavía no tenía ninguna
–me había documentado bien al respecto- porque estaba esperando a la chica
indicada… a mí.
-Y, si te da calabazas, ¿qué
harás? –preguntó Marshall cuando la última clase de la tarde hubo finalizado.
Le fulminé con la mirada.
Sus bromas cada vez me molestaban más. ¿Es que no era capaz de ejercer de mejor
amigo nunca? Sin embargo, inspiré profundamente e hice oídos sordos a sus palabras.
No iba a permitir que me desanimara de ningún modo. Si su plan era que me
echara atrás, llevaba todas las de perder.
-Tengo que ir a la
biblioteca –dije, manteniendo al serenidad.
-¿Otra vez?
-Sí, sigo necesitando un
libro. ¿Me vas a esperar o no soy digna de tu presencia, señor gracioso?
Vale, estaba enfadada y no
podía esconderlo. Marshall rio, parecía pasarlo en grande.
-Si su alteza real así lo
desea, me quedaré a esperarla, mi lady –respondió, von voz y gesto pomposo,
exagerando como de costumbre.
Arrugué la nariz, aunque en
el fondo intentaba ocultar una sonrisa. No iba a ponérselo fácil. Había sido
más que desagradable conmigo, no le vendría mal un buen escarmiento.
-Haz lo que quieras
–respondí, caminando hacia la biblioteca rápidamente, rezando para que no
hubieran cerrado todavía.
Una vez más, aquella sala
aburrida y repleta de libros me saludó con el amplio silencio que reinaba en su
interior. Apenas quedaba gente allí, todos estaban recogiendo o saliendo para
marcharse a sus casas. No podía entretenerme demasiado.
Volví a repasar la sección
del día anterior, ya que no le había prestado especial atención después de mi…
despiste. Encontré un libro delgado y acompañado con algunos dibujos –aunque no
eran especialmente bonitos-, recordaba vagamente la historia porque la había
leído de pequeña. El Principito. De
pequeña me había echado a llorar al terminarlo, aunque ya no recordaba el
motivo. Quizás era por la emoción de terminar un libro –no es algo que haya
ocurrido muchas veces a lo largo de mi vida, prefiero cosas más ligeras. Sin
pensar mucho más en ello, lo cogí y fui a informar a la bibliotecaria de quería
sacarlo.
Intenté no echarme a reír al
encararme con ella. Todo el mundo afirmaba que tenía aspecto de tortuga –iba un
poco encorvada por lo que tenía algo de chepa, y solía alargar el cuello cada
vez que alguien le hablaba, parecía una caricatura andante- y casualmente
siempre me entraba la risa floja con esa clase de tonterías, en especial cuando
tenía a la pobre víctima ante mí. A veces pienso que soy mezquina, pero… ¿no
nos pasa a todos que a veces nos reímos cuando no deberíamos y de cosas de las
que no es correcto burlarse? Soy una simple humana, no puedo remediarlo.
-¡El Principito! Qué gran libro –escuché a alguien decir a mis espaldas.
Su voz, alegre y a la vez calmada, me atravesó. Sabía quién era antes de darme
la vuelta.
-¿De… De verdad? –dije,
porque no se me ocurría otra cosa más estúpida que decirle a mi querido Gabriel
(cuánto odiaba ponerme nerviosa delante de él).
Él sonrió y asintió.
-Dicen que hay que leerlo
varias veces en la vida –continuó-, porque cada vez te llega un mensaje muy
diferente.
Mis labios, a la par que
todo mi cuerpo, temblaron antes de poder articular palabra de nuevo.
-Caray, entonces estoy de
suerte –por dentro deseaba que alguien me matara por lo poco elocuente que
estaba siendo-, ya leí el libro de pequeña.
-Genial –seguía sonriendo.
Posiblemente, aquella estaba siendo la conversación más larga que había tenido
hasta la fecha con Gabriel. Casi no podía ni creérmelo.
-Aquí tienes –dijo la
bibliotecaria, entregándome mi libro con la tarjeta en la que indicaba qué día
tenía de límite para devolverlo.
Gabriel se colocó a mi lado,
mi ser gritó emocionado por dentro y se quedó rígido como una estatua por fuera.
Sobre la mesa dejó varios libros, aunque no me fijé qué tema trataban, sólo
tenía ojos para mi perfecto príncipe encantador.
Salí de la biblioteca
caminando como un pato, un paso por detrás de Gabriel. No podía dejar de
observarlo. Él caminaba tranquilamente en silencio, como un modelo de revista
bajo unos focos. Me sentí pequeña y distante, como si no perteneciera a su
mundo, como si jamás fuera a pertenecer a su mundo.
No, nuestra conversación no
podía quedarse en algo tan estúpido y casual como charlar sobre un libro dos
minutos en la biblioteca del instituto. Tenía que haber algo más que pudiera
decirle.
Me percaté entonces de que
estábamos solos en el pasillo. Nadie nos observaba, nadie podía oírnos. Era el
momento idóneo para decirle lo que sentía, lo que tanto tiempo había esperado
expresarle.
-Entonces… ¿tú también has
leído El Principito?
Genial, Fionna. Simplemente,
genial. Un diez sobre diez. Felicidades, has llegado a la cúspide de la
perfección en conversaciones importantes y vitales para la existencia.
Tardó unos instantes en
detenerse y mirarme, con las cejas alzadas, sorprendido. Vi en sus brillantes y
profundos ojos que le había pillado desprevenido. No esperaba que siguiera ahí,
podía leerlo con demasiada claridad.
-Oh, eh… sí –dijo, seguramente
tratando de sonar cordial y no molesto por haber interrumpido alguna clase de
meditación personal-. No hace mucho.
-Ah, claro –sentía que la
vida me abandonaba poco a poco-. Por eso dijiste aquello antes.
-Sí, perdona si no venía a
cuento.
Silencio. Un amplio y casi
pegajoso silencio se extendió de pronto entre los dos.
-Bueno… Me tengo que ir.
Adiós.
Y siguió caminando. Como si
nada hubiera ocurrido. Seguramente ansiando alejarse todo lo posible de una
persona tan simplona como yo. Maldita sea, ¿de qué tenía tanto miedo? Ah, sí,
de que él era perfecto y yo… yo sólo era un conejo estúpido y muerto de miedo.
-Anda que no has tardado,
eres una lentorra –se quejó Marshall en tono burlón cuando me divisó en la
entrada-. Estaba a punto de irme sin...
Entonces debió de darse
cuenta de la expresión de mi cara, porque corrió los últimos pasos que había
entre nosotros y me abrazó con fuerza. Y me eché a llorar como si no hubiera un
mañana, como si pudiera inundar el mundo y no me importaran las consecuencias.
Lo sé, soy una dramática.
Pero, creo que me merecía ser un poco dramática en aquel momento.
Marshall me llevó a su casa
y nos hinchamos a patatas, galletas y toda clase de comida basura. Escuchó mi
triste y estúpida historia sin mostrar ápice de diversión o burla, como el
verdadero que a menudo olvidaba o dudaba que era. Me abrazó y me dejó llorar de
nuevo hasta que me quedé a gusto. Realmente, Marshall era como el hermano que
jamás había tenido. Y, por más idiota que me sintiera por todo lo sucedido,
estar con él me tranquilizaba y hacía sentir mejor.
En algún momento, Marceline llamó
a la puerta y un delicioso olor proveniente de algún lugar comenzó a inundar la
estancia. Marcy era la gemela de Marshall, lo cierto es que si mirabas su cara
con atención, podías dar con rasgos similares. En ocasiones, también podías ver
gestos y otros detalles insignificantes iguales en ambos. Siempre he pensado en
lo curioso que es tener un hermano gemelo.
-¿Qué tal, parejita? ¿Os
apetece cenar pizza?
Marceline solía bromear
sobre nosotros desde que éramos unos críos. Lo cierto es que hacía mucho que
había dejado de importarme aquello. La idea de tener una relación romántica con
Marshall se me antojaba demasiado absurda como para molestarme a estas alturas.
Y estaba segura de que Marshall opinaba igual, aunque supongo que seguía
molestándose por el simple hecho de que una relación entre hermanos no era
verdadera si no había entre ellos gritos, peleas y bromas.
Mi boca se hacía agua mucho
antes de que terminara la pregunta. Y como ya habíamos decidido que me quedaría
aquella noche a dormir en casa de Marshall, asentí alegremente.
-Sí, queremos pizza
–respondió Marshall por su parte-. Y ahora vete y deja de decir tonterías,
Marcy.
Su hermana asintió con una
amplia sonrisa de satisfacción y se marchó riendo. Entonces, miré a Marshall.
-Oye… -titubeé, sin saber
cómo continuar sin sentirme de nuevo un poco idiota-, ¿me dejarás jugar el
nuevo juego cuando te lo pases?
Por toda respuesta, Marshall
ahogó una carcajada con muy poco disimulo y rebuscó en su mochila. Sacó su PSP
y se sentó a mi lado de nuevo.
-Todavía no lo he empezado
–dijo.
-¿En serio? –me sentí
conmovida por lo genial que era mi mejor amigo.
-¡Claro! ¿Cómo vas a pasarte
el juego tú sola? Seguro que necesitas ayuda y paso de tener que asesorarte
cada dos por tres –rio con tono burlón. Yo le dediqué mi mejor mueca de
ofendida-. Venga, Conejita tontaina, vamos a jugar.
Estuve tentada de darle una patada, pero sabía que todo aquello formaba parte de su plan para animarme. Además, sabía que Marshall era así, siempre había actuado de aquel modo. En el fondo, había dado con el mejor amigo que pudiera desear.
-Zöe Öz
No hay comentarios:
Publicar un comentario